Pero ¿quién demonios fue Godard?

Pero ¿quién demonios fue Godard?

La revolución y nosotros que la quisimos tanto tittuló Daniel Cohn-Bendit un libro de añoranzas del 68, y en esa primera persona del plural se incluía, por supuesto, Jean-Luc Godard, que quiso la revolución en el cine y en la vida. Rodó en 1960 (con guion de François Truffaut) Al final de la escapada y, alzando el Libro Rojo de Mao, agitó toda insurrección que mereciera la pena. Eran otros tiempos, no había Netflix y artistas como Godard creían ingenuamente que sus creaciones podían poner en cuestión el sistema.

Godard fue sinónimo de “arte y ensayo” en la España tardofranquista, y luego básicamente se convirtió en director para estudiantes de cine y aves raras que atizan su insomnio con Pierrot Le Fou.

Había nacido en París en 1930 y provenía de una familia de adinerados banqueros suizos, lo cual le permitió desempeñar el marxismo con bastante desahogo existencial. Firmó Hans Lucas en Cahiers du Cinema, en cuya redacción la década de los 50 le sorprendió de café en café con Truffaut, Rohmer y Chabrol.

Reinventó el cine triturando las convenciones de la narrativa hollywoodiense, haciendo que el montaje saltase una y otra vez,.

Al final de la escapada (À bout de souffle) conmocionó a la juventud cinéfila, tanto por su forma como por el brillo y modernidad de su pareja protagonista: Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo. A Seberg, poco más tarde, se encargaría la CIA de liquidarla.

 

Pronto su filmografía pasó del blanco y negro al colorido pop y ahí está La Chinoise (1967), encendidamente roja. Godard, claro, también rodó con Brigitte Bardot, ya que en Francia lo alternativo es parte de la gran cultura, y se venera a los transgresores.

 

Era todo un personaje tras sus gafas de cristal ahumado y con la nicotina dibujándole sombras en el rostro.

Una de sus películas más célebres se tituló Alphaville (1965), como los cines de Madrid en los que se inició el culto a la V.O. subtitulada y a san Jim Jarmusch cuando en la capital se iba al cine a sesión de medianoche y luego a cenar spaguettis.

Citemos también, claro, Banda Aparte, que inspiró fanzines universitarios de otra era.

 

Siguió rodando torrencialmente pero ya nadie se acuerda de sus películas (¿alguien sabe que hizo Simpathy for the devil en un estudio de grabación con los Rolling Stones? ¿Alguien ha visto sus películas rodadas en el siglo XXI?). En Netflix, si pones Godard en el buscador, aparecen Los carabineros, un título menor. Algo es algo. Lo demás, en Filmin o en DVD.

Nonagenarío pero irreductible, finalmente (al parecer) Godard decidió marcharse de escena voluntariamente, mediante suicidio asistido.

Su reino ya no era de este mundo.

Y, sin embargo, su obra perdurará en esa minoría exigua pero importante que todavía celebra el cine como ritual verdaderamente artístico. Más allá del streaming y los multiversos de Marvel. Amén.

DANIEL SERRANO

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