4 películas que el grunge (para bien o para mal) nos legó

Eran los años 90 y en Seattle había nacido el grunge y Douglas Coupland escribía su magnífico libro Generación X, artefacto literario que pretendía retratar a una juventud alienada pero feliz, mirando el futuro y diciéndose "bien, es aburrido, pero tendríamos que simular algún tipo de insurrección".

Eso fue el grunge: una insurrección simulada por chicos y chicas de clase media aquejados de melancolía, un regreso al punk sin mayores consecuencias, el último momento en que el rock&roll sonó en las radiofórmulas antes de caer vencido por Luis Fonsi.

¿Y cómo se tradujo eso al lenguaje cinematográfico?

En poca cosa.

1. Singles (1992)

No ha tenido buena suerte el grunge a la hora de ser retratado en el cine. Singles lo intentó. Historias cruzadas de varios personajes en la lluviosa Seattle, Matt Dillon melena al viento, cameo del mismísimo Eddie Vedder de Pearl Jam... Y nada. Un par de diálogos graciosos y, vista ahora, la nostalgia hiriente para quienes (sniff) experimentamos el subidón de aquellos días. Dicen que de aquí surgió la idea de Friends. Por lo del grupo de solteros que viven en un mismo edificio. Ah, también sale Tim Burton interpretando un papelito minúsculo. Dirigía Cameron Crow, que casi adolescente se incrustaba en las giras de las estrellas del rock y lo contaba en Rolling Stone (lo que plasmó en su película Casi famosos) y luego se convirtió en director de desigual trayectoria.

2. Reality Bites (1994)

Aproximación al momento generacional dirigido ¡por Ben Stiller! Sí, el de Zoolander. Y el caso es que no está del todo mal (ni del todo bien). Molan Winona Ryder y Ethan Hawke y, escondida entre los rostros del reparto, también aparece una jovencísima Renée Zellweger. No es del todo grunge pero lo intenta y en su banda sonora suenan Dinosaur Jr, U2, Lenny Kravitz y Crowed House. Una interesante mezcolanza 90's.

3. ¿Quién mató a Kurt Cobain? (1998)

Un documental sensacionalista pero con cierta capacidad hipnótica. Utiliza los trucos más sucios del periodismo audiovisual (entrar a todos lados con la cámara grabando, mezclar texturas, cortes y movimientos de cámara espasmódicos para dar sensación de que ALGO ESTÁ PASANDO -así con mayúsculas-) y, bueno, lo cierto es que consigue atraer la atención del espectador. Una investigación de chicha y nabo poniendo en duda la versión oficial sobre el suicidio de Kurt Cobain, señalando con el dedo a su viuda (la pobre Courtney Love). El director, un británico llamado Nick Broomfield, que en 2017 ha hecho otro documental con protagonista cadáver: Whitney: Cain I Be Me.

4. Last days (2004)

Una obra maestra. Sólo Gus Van Sant podía haber firmado una película así. Si entras (que no es fácil), acabas riéndote a carcajada limpia. Es como si el bueno de Gus hubiese gastado una broma a los de HBO (que es quien producía) y estos ni se hubiesen enterado. Un tío que se parece a Kurt Cobain se pasa todo el metraje en una casa tocando la guitarra y musitando canciones que se asemejan a las de Nirvana y medio borracho o drogado o agilipollado (nunca se sabe) y todo es misterioso y a la vez risible. Lo más cachondo es lo de las canciones, siempre cantadas sin vocalizar y sólo parecidas a las de Nirvana porque HBO no logró los derechos de las canciones de Nirvana (temiéndose estos lo peor). Increíble pero cierta. 

ADEMÁS: Frances Bean Cobain o el retorno del grunge

DANIEL SERRANO

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Ha sido una edición rara la de los Oscar 2021 y la retransmisión de la gala se saldó con un rotundo fracaso de audiencia. La gran industria quedó en hibernación (salvo excepciones) y la temporada cinematográfica ha sido una oportunidad para el streaming, el cine independiente y las apuestas arriesgadas. No ha habido una mala cosecha (para la que está cayendo). La crepuscular Nomadland, la empoderada Una joven prometedora, el hedonismo salvaje de Otra ronda, la militancia inteligente de Judas y el Mesias Negro.

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Ha sido una gala lentísima, con discursos eternos y un ritmo cansino como hacía tiempo no se daba. Lo de hacer una gala que pareciera una película, se ha conseguido, si la película era Roma, de Alfonso Cuarón. 

A pesar de todo, la 93ª gala de los Oscar ha dejado varios momentazos, una alfombra roja reducida pero tremenda y, sobre todo, un protagonista inesperado con una historia igual de inesperada y dura: la dedicatoria del Oscar de Thomas Vinterberg a su hija fallecida. 

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Y cuando todo apuntaba a que el Oscar póstumo a Chadwick Boseman cerraría la gala más aburrida de los últimos años, saltó la sorpresa. Anthony Hopkins, cuya actuación en El Padre es la mejor del año, se lleva de forma justa su segundo Oscar (tras el que se llevó por Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos en 1991). 

Así, el actor británico se convierte en el más veterano en ganar un Oscar, con 83 años. La faena es que ha sido de los pocos que no ha acudido a la gala para recogerlo. 

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