A favor de Camela: tecno rumba y empoderamiento de las clases populares

Cuenta Víctor Lenore en su estupendo ensayo Indies, hipsters y gafapastas: crónica de una dominación cultural cómo se ofendían ciertos redactores cuando les tocaba cubrir un concierto de Camela, convertido en suceso noticiable en tanto y cuanto la banda había logrado un abrumador éxito de ventas.

No, no y no (suplicaba el gacetillero).

Porque una cosa (claro) era para el periodista cultural irse al FIB y otra sudar con la masa obrera gozosa de escuchar los teclados de Miguel Ángel Cabrera, vecino ilustre del barrio madrileño de San Cristobal de los Ángeles.

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El detalle revela el enorme desprecio (y la falta de interés por comprender) con que se actúa en el mundo del periodismo cultural ante todo lo que no sea declaradamente moderno.

Y Camela nunca fueron modernos.

Fueron la reivindicación de la fiesta de extrarradio, del gitano y la cabra, de los versos de amor arrebatados aunque contengan faltas de ortografía, de la rumba irrespetuosa con toda tradición flamenca.

Camela actuaron siempre al margen de toda moda.

Eran libres y triunfaron.

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Lágrimas de amor

Con 20.000 pesetas de la época (primeros años 90) grabaron los Camela su primer disco. En formato, cómo no, cassette. Lo titularon Lágrimas de amor.

El cassette era el formato de las clases populares, el que se vendía en los mercadillos callejeros y los rastros. Con el cassette lograron Camela su primer éxito.

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Una banda formada por Ángeles Muñoz (voz), Dionisio Martín Lobato (voz) y Miguel Ángel Cabrera (teclados).

¿El sonido? Absolutamente básico. Hortera hasta el punto de dar la vuelta a este concepto y convertirse en hipnótico. Arreglos churriguerescos, teclados pasados de fecha y, sin embargo, inexplicablemente... las canciones funcionan.

La capacidad de dar con la melodía perfecta, con el estribillo que se clava en el fondo de tu cerebro, resulta innegable.

Y en cuanto a su modernidad, no discutamos. ¿Qué es lo moderno? Escuchen a Camela (con sus arreglos rudimentarios) y escuchen después el pop africano que tanto fascina a cierto periodismo hipster. Igual de cutre y, en ambos casos, igual de valioso.

En cuanto a sus hits, ahí quedan para la historia: Cuando zarpa el amor, Corazón indomable o Amor imposible.

Casi nada.

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El triunfo del barrio

El éxito de Camela es el triunfo de tres chavales de barrio que han crecido con unos códigos artísticos y estéticos ajenos a la modernidad institucionalizada.

La influencia de la cultura gitana de extrarradio (rumba, pelo largo, ropa ostentosa para ir de fiesta) está presente en Camela.

Y también la simplicidad del romanticismo de folletín, la canción popular, el flamenco pasado por los teclados.

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El teclado es la forma más barata de hacer música y se introduce en lo popular con Camela (y muchos otros) igual que en la cumbia villera se convierte en elemento fundamental.

Camela son los continuadores de Tijeritas, Chiquetete, Bordon 4 y, por supuesto, Los Chunguitos y Los Chichos.

La banda sonora de la otra urbe, a la que no se mira pero (oh) sigue existiendo.

Tal vez no sea la música exquisita que la crítica prefiera. Pero tiene su valor. Y, por sorpresa, lograron vender millones de discos. 7 millones de discos concretamente.

Ante un fenómeno así, ¿no hubo curiosidad alguna por parte de la prensa cultural?

Poca.

Nadie invitó a Camela al Sonorama.

Una música de las clases populares, un modo empoderamiento en contra del mainstream y una contestación al elitismo.

Hay que estar a favor de Camela. Bailar su música en las verbenas de barrio. Y dejarse de remilgos.

Y otro día hablamos del trap, que tiene en un sí es no es a los periodistas culturales a los que aterroriza no ser suficientemente modernos para el Rockdelux.

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DANIEL SERRANO

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