Más de lo mismo en la nueva temporada de 'El cuento de la criada'

He de reconocer que con El cuento de la criada tengo sentimientos encontrados: me gusta y me horroriza a partes iguales. Puedo admitir que el sadismo del que hizo gala en sus tres primeras temporadas sea necesario en ocasiones para denunciar una situación execrable y abrir los ojos como sociedad, pero ya se nos estaba haciendo bola.

Parece que por fin se han dado cuenta, y cuatro temporadas y 41 capítulos después, han bajado el nivel de explicitud de las escenas más sangrientas. Porque está muy bien no edulcorar la violencia y no infantilizar al espectador, pero habíamos llegado a un punto en el que no sabíamos en qué punto acababa la denuncia y empezaba el morbo.

El problema con esta cuarta temporada es que da la sensación de que ya no tiene mucho que contar. Siguen ahondando en la psique de los personajes, creando caracteres cada vez más complejos y nada polarizados, lo cual mantiene el interés del espectador, pero lo que es la trama, ni fu ni fa.

June se salva. La atrapan. La torturan. Se escapa. La vuelven a atrapar. Y entre medias va muriendo gente por el camino para intentar aplacar a June, pero a ella ni la tocan. Y así me da la sensación de que llevamos dos temporadas.

Porque esa es otra. ¿Por qué no la matan? No me entendáis mal, no quiero que muera, quiero que se los cargue a todos con un lanzallamas, pero no entiendo por qué la mantienen con vida una y otra vez. Se ha convertido en el germen de la rebelión, representa todo lo que Gilead odia... y aún así cada vez que la atrapan, la mantienen con vida. La torturan, sí, pero la dejan viva para que tenga otra oportunidad de escaparse y volver a empezar esta especie de bucle infinito.

Cómo ya he dicho, lo mejor de la trama en esta cuarta temporada son los personajes. Estamos descubriendo una nueva cara de June, que ya habíamos visto de reojo en alguna ocasión, y no siempre es buena. Por momentos se convierte en un personaje egoísta que actúa más por deseos de venganza que por la búsqueda de la justicia lo que, en su situación no deja de ser normal. No es una heroína al uso y no todo lo que hace es bueno, como le dice Janine en el quinto episodio de la cuarta temporada en el único momento en el que se enfrenta a ella. Porque siendo sinceros, June la trata como a un perrillo, demasiado tonto como para tener criterio propio, pero al que se le coge cariño porque él te lo da sin reservas.

Por no hablar de Serena Waterford. ¿Es víctima o verdugo? Sus actos han sido horribles pero, ¿son consecuencia de la alienación de la que ha sido víctima por parte de una sociedad que la considera poco menos que defectuosa por no poder tener hijos? Los guionistas consiguen que, lo largo de esta temporada, te apiades de ella en ocasiones mientras la odies en otros.

Comienzan a aparecer personajes nuevos, como los miembros de una supuesta resistencia que, lejos de ser los salvadores que todo el mundo esperaba, se convierten en parte del problema. Ni siquiera para ellos las mujeres son sujetos de derecho, sino meros objetos de los que obtener placer. No sabemos si quieren ayudar a un género oprimido para instaurar la igualdad de derechos o sólo buscan hacerse con el poder que ahora mismo ostentan otros. Juegos de poder, como siempre. Porque ya lo dice el Comandante Joseph: "A Gilead no le importan los niños. A Gilead le importa el poder. La fidelidad, los valores de antaño, el pan casero... son solo los medios para un fin. Distracciones. Pura fachada".

Al menos empiezan a dejar las cosas claras.

SARA FLAMENCO

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