El gran problema de Chris Pratt en el rodaje de Jurassic World

Quien se crea que el rodaje de Jurassic World ha sido sencillo para Chris Pratt, se equivoca por completo. Sí, vale que la película está arrasando en taquilla (acumula 1.385 millones de dólares y ya es la quinta más taquillera de la historia); vale que el actor está enamorando a medio mundo con una promoción simpática y cercana; y vale que la dino-fever está afectando a todo el planeta, pero no ha sido fácil. 

El bueno de Chris Pratt se ha encontrado con un serio problema a la hora de rodar varias escenas de la película. Un problema que nos ha demostrado que Chris Pratt no es perfecto. ¿El motivo? No sabe silbar. Bueno, no sabía. Ahora sí es perfecto. Pero claro, teniendo en cuenta que Owen Grady, su personaje en el filme, no para de silbar a los dinosaurios, pues la gente de producción tenía que buscar soluciones. 

Y al final, aprendió

Aunque claro, si la gente que ha podido dar vida a los dinosaurios, no es capaz de hacer silbar a Chris Pratt, apaga y vámonos. Además, lo han hecho por el método sencillo, pidiéndole que haga el paripé de silbar, y poniendo un silbido encima. A la vieja usanza. Pero claro, con tropecientas cámaras grabando, era cuestión de tiempo que la verdad saliera a la luz. 

Menos mal que Chris Pratt es perro viejo y ya se había curado en salud hace tiempo, reconociendo que no sabía silbar. Más vale prevenir que curar. Pero lo mejor de todo es que, tras muchos esfuerzos, entrenamientos y probaturas, el actor por fin aprendió a silbar. Eso sí, para desesperación del equipo de rodaje, la película ya había sido terminada de grabar. Por este tipo de cosas hay que adorar a Chris Pratt

Fotos y vídeo: Youtube

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Ha sido una edición rara la de los Oscar 2021 y la retransmisión de la gala se saldó con un rotundo fracaso de audiencia. La gran industria quedó en hibernación (salvo excepciones) y la temporada cinematográfica ha sido una oportunidad para el streaming, el cine independiente y las apuestas arriesgadas. No ha habido una mala cosecha (para la que está cayendo). La crepuscular Nomadland, la empoderada Una joven prometedora, el hedonismo salvaje de Otra ronda, la militancia inteligente de Judas y el Mesias Negro.

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Ha sido una gala lentísima, con discursos eternos y un ritmo cansino como hacía tiempo no se daba. Lo de hacer una gala que pareciera una película, se ha conseguido, si la película era Roma, de Alfonso Cuarón. 

A pesar de todo, la 93ª gala de los Oscar ha dejado varios momentazos, una alfombra roja reducida pero tremenda y, sobre todo, un protagonista inesperado con una historia igual de inesperada y dura: la dedicatoria del Oscar de Thomas Vinterberg a su hija fallecida. 

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Y cuando todo apuntaba a que el Oscar póstumo a Chadwick Boseman cerraría la gala más aburrida de los últimos años, saltó la sorpresa. Anthony Hopkins, cuya actuación en El Padre es la mejor del año, se lleva de forma justa su segundo Oscar (tras el que se llevó por Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos en 1991). 

Así, el actor británico se convierte en el más veterano en ganar un Oscar, con 83 años. La faena es que ha sido de los pocos que no ha acudido a la gala para recogerlo. 

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