¿Es Keanu Reeves el peor actor del mundo?

Era común en los críticos cinematográficos de otra época utilizar la frase "el peor actor desde los tiempos de Victor Mature". Se empleaba al pobre Victor Mature (protagonista de peplums clásicos como Sansón y Dalila o La túnica sagrada) como modelo de intérprete muy (pero que muy) limitado a la hora de ejecutar el mínimo movimiento de rostro para expresar emoción alguna.

Y surge la pregunta: ¿es Keanu Reeves el Victor Mature de nuestros días?

¿Es realmente un actor tan pésimo como aseguran algunos críticos?

Analicemos al actor que es (o no) Keanu Reeves.

Empezó bien (eso no se puede negar)

 

Gus Van Sant le fotografió guapísimo en My own private Idaho junto al llorado River Phoenix y en esa película Keanu Reeves realizó la gran interpretación de su vida. No obstante, siempre está el detractor radical de Keanu Reeves que sostiene lo siguiente: en My own private Idaho el actor se limitó a pasear su juvenil y exótica belleza frente a la cámara y sanseacabó mientras que River Phoenix echaba la carne en el asador y actuaba de verdad. No es cierto. Keanu Reeves está soberbio en My own private Idaho y no hay más que hablar.

Antes había salido en Las amistades peligrosas y allí también se mantuvo a la altura.

Y en Le llaman Bodhi pues bien, correcto y solvente.

Pero luego vendría la hecatombe.

En Drácula la cosa ya fue para abajo

Y Francis Ford Coppola dio su gran oportunidad a Keanu Reeves y Keanu Reeves (ejem) no estuvo a la altura. Resultaba complicado. En Drácula brilló con su estridencia habitual Gary Oldman y Keanu Reeves se reveló como un soso mayúsculo. Muy guapo, eso sí. Pero para dar la réplica al príncipe de las tinieblas hacía falta un poco más de brío. La crítica comenzó a removerse en su asiento, intranquila, deseando despedazar a este guapito que era ya una estrella de Hollywood.

Y la oportunidad se la prestó el gran Bernardo Bertolucci.

Pequeño Buda, gran fiasco

 

Fue un poco desastre (para el cine) la conversión del inconmensurable Bertolucci al budismo. Cuando era comunista hacía obras maestras como Novecento y cuando le dio mística le salió Pequeño Buda, que obtuvo el desdén de la crítica y que colocó a Keanu Reeves en el ojo del huracán. Las limitaciones de Keanu salían a la luz: inexpresivo a ratos y, en caso de querer expresar, sobreactuado. Sin término medio. El asunto se ponía feo.

Reconvirtiéndose en action hero

 

1994 fue el año en que Keanu Reeves se reconvirtió en héroe de acción y se acabó tanta película seria y tanto Bertolucci y tanto Gus Van Sant. Lo había hecho ya en Le llaman Bodhi y le había salido bien. Con Speed acertó de pleno: se trataba de poner el físico a tope sin zarandajas ni complejidades interpretativas. Y funcionó. Luego lo mismo con Johnny Mnemonic y lo que vendría posteriormente.

El momentito romántico

 

Y llegó la película romántica de mucho llorar y Keanu Reeves hizo lo que pudo. En Un paseo por las nubes hacía pareja con Aitana Sánchez-Gijón. Ambos salieron guapísimos en la película. Es lo mejor que se puede decir de un largometraje que, sin embargo, hemos colocado en nuestra excelsa lista de películas que (de tan malas) son buenas.

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Y en esto llegó Matrix

 

Y en 1999 llegó el momento en que Keanu Reeves se convirtió en Neo. La suerte estaba echada. Se ganó millones de fans que siguen convencidos de que The Matrix es una peli fabulosa (aunque muchos otros opinan lo contrario) pero, para cierta crítica confirmó que Keanu Reeves es un mal actor. Juzgue cada cual. La polémica está servida. ¿Sí o no? Las posteriores entregas de Matrix, mientras los hermanos WachoWski se convertían en hermanas, no mejoró mucho la cosa.

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Después han venido muchos otros títulos, con predominio de la acción y el cine de evasión. Su última oportunidad como actor serio la ha tenido con Nicolas Winding Refn, el director de la venerada Drive. Keanu Reeves participa junto a Elle Fanning y Christina Hendricks en The Neon Demon, que se presentó en Cannes y provocó alaridos de protesta. Habrá que verla.

Y dicho todo eso: da igual si Keanu Reeves es buen o mal actor. Brilla como una estrella. Y por eso le queremos.

Foto: Gtres

Gifs: Giphy

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Ha sido una edición rara la de los Oscar 2021 y la retransmisión de la gala se saldó con un rotundo fracaso de audiencia. La gran industria quedó en hibernación (salvo excepciones) y la temporada cinematográfica ha sido una oportunidad para el streaming, el cine independiente y las apuestas arriesgadas. No ha habido una mala cosecha (para la que está cayendo). La crepuscular Nomadland, la empoderada Una joven prometedora, el hedonismo salvaje de Otra ronda, la militancia inteligente de Judas y el Mesias Negro.

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Ha sido una gala lentísima, con discursos eternos y un ritmo cansino como hacía tiempo no se daba. Lo de hacer una gala que pareciera una película, se ha conseguido, si la película era Roma, de Alfonso Cuarón. 

A pesar de todo, la 93ª gala de los Oscar ha dejado varios momentazos, una alfombra roja reducida pero tremenda y, sobre todo, un protagonista inesperado con una historia igual de inesperada y dura: la dedicatoria del Oscar de Thomas Vinterberg a su hija fallecida. 

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Y cuando todo apuntaba a que el Oscar póstumo a Chadwick Boseman cerraría la gala más aburrida de los últimos años, saltó la sorpresa. Anthony Hopkins, cuya actuación en El Padre es la mejor del año, se lleva de forma justa su segundo Oscar (tras el que se llevó por Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos en 1991). 

Así, el actor británico se convierte en el más veterano en ganar un Oscar, con 83 años. La faena es que ha sido de los pocos que no ha acudido a la gala para recogerlo. 

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