Un protagonista de Modern Family confiesa su adicción a la cirugía

Que la cirugía estética no es solo patria de rostros picassianos o afectados por el tiempo lo acaba de explicar Reid Ewing. El actor que interpreta a Dylan en Modern Family ha escrito un texto para The Huffington Post, confesando que está obsesionado con los retoques quirúrgicos a causa de un trastorno dismórfico corporal, que le hace verse defectos físicos por todo su cuerpo, aunque en realidad no existan.

Esto le ha llevado a someterse a varias intervenciones desde el año 2008, cuando apenas tenía 19 años, por lo que el joven se considera atrapado en toda una obsesión por la cirugía estética. Sobre esto, ha explicado el motivo que le llevó a comenzar con su periplo quirúrgico: “Creí que si comenzaba a operarme pronto me parecería a Brad Pitt.

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En ese mismo mensaje también explica que cuando llegó a Los Ángeles (Estados Unidos) para cumplir su sueño de ser actor, apenas tenía amigos en la ciudad por lo que su pasatiempo era hacerse fotos en su casa. Fue ahí cuando empezó a ver (e imaginar) una ingente cantidad de defectos que se dedicó a corregir con bisturí.

Del mismo modo, el actor, que se hizo popular por su papel de Dylan, el atractivo novio de Haley (protagonista de muchas de las fotos más divertidas y sexys del rodaje de la serie), narra que contó con el apoyo de su cirujano cuando quiso empezar a cambiar su aspecto. “Él estaba de acuerdo en que operarse era algo importante para la carrera de un actor”, explica. Así, su primera operación fue un “gran” implante de mejillas.

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“Me desperté gritando de dolor, me caían las lágrimas por la cara, no podía hacer otra cosa que gritar mientras el doctor y su equipo trataban de contenerme entre risas”, añade en un episodio que suena bastante dramático.

Si bien esta historia tiene hasta tintes surrealistas pues el postoperatorio exigió una máscara facial que tuvo que llevar dos semanas. En ese tiempo, el intérprete decidió hacer una excursión por el Parque Nacional de Árboles de Josué (California), en la que se perdió llegando a una gasolinera en mitad de la noche en la que el empleado, asustado por su apariencia, llegó a llamar a la policía.

Cuando todo terminó, se dio cuenta de que su cara estaba deformada “con las mejillas tan huecas como las de un cadáver”, ya que los implantes se habían movido hasta los pómulos. Esto le hizo acudir a otro médico, todavía menos cualificado, que le sugirió solucionarlo con un implante de mentón. Tras otra operación resultó que aquella nueva pieza de silicona la podía mover él mismo, dejándole un aspecto todavía peor, por lo que regresó al quirófano.

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Una sucesión de operaciones que terminaron en 2012, cuando acudió a médicos serios y no de cirugía estética sino que trataran su trastorno. “Es un problema que rara vez se toma en serio debido a la vergüenza social que produce. El secretismo que rodea a la cirugía estética impide que muchas prácticas poco éticas vean la luz. Creo que la gente a menudo decide operarse para ser aceptado, pero en general nos hace sentir más extraños. Escribo esto para tratar de contrarrestar su influencia”, ha explicado el joven, ya libre de su propia esclavitud.

Fotos: Redes Sociales

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