Zamburguesas, Chinotauro, Nakasone... ¡las míticas pruebas de Humor Amarillo!

Si ha habido un programa que mejoraba con la traducción y que tenía enganchados a la televisión a una legión de fieles ese ha sido Humor Amarillo. Un Gran Prix a la japonesa, con lo que todo implica: el barro, los disfraces absurdos, el agua y los gritos de huida se convertían en los ingredientes con los que componer un programa que junto a Pressing Catch eran dos de esos imprescindibles noventeros. Y  como éste también tuvo un exitoso regreso en Cuatro.

El objetivo era llegar a la fortaleza de Takeshi que era defendida por su particular ejército que se valía de todas las malas artes posibles para evitar que alguien lograra atravesar el último muro. Quien ganara podría llevarse a su casa un millón de yenes, además de irse empapado en barro y agua. Era imposible salir impune, ni siquiera siguiendo las órdenes del general Hayato Tani. Lo normal, es acabar comiendo barro para desayunar.

Y es que las pruebas de Humor Amarillo están hechas, además de para complicarles la vida a los concursantes, para provocar la risa en el espectador con caídas y sustos que provocan la risa hasta al menos propenso a hacerlo.

Quién no ha soltado una carcajada en la prueba de las zamburguesas cuando alguno de los participantes se creía ganador y  pensaba que pisaba sobre firme, pero llegaba la sorpresa y acababa tragando agua antes la risotada general.

El doblaje era la clave

Aquí en España el nombre de las pruebas venía marcado por el que le ponían los dobladores y es que en la mayor parte de las ocasiones nada tenían que ver los diálogos que mantenían los concursantes con lo doblado.  Motes como el chino Cudeiro o Dolores Conichigua se convirtieron en unos clásicos, gracias primero a Juna Herrera Salazar y Miguel Ángel Coll; y después con una versión renovada pero siguiendo las pautas originales de Fernando Costilla y Paco Bravo. Daba igual que lo doblado no tuviera nada que ver; ahí estaba la gracia de ello.

Sería imposible entender las pruebas como los cañones de Nakasone sin el gracejo que los dobladores aportaban. Cruzar ese puente sin los comentarios a los bolazos que recibían no sería lo mismo.

Una de las primeras pruebas y no muy difícil de superar es la carrera en el barro que consiste en ir corriendo en el lodazal y llegar antes de que suene el silbato.  Otra de las habituales era la tabla de planchar. Pocas veces el monstruo les dejaba terminar sin caer y poder deslizarse bien.

Quizá la prueba estrella era el laberinto del Chinotauro donde el concursante tenía que encontrar la salida sin hallar por el camino a alguno de los esbirros de Takhesi, lo que resultaba casi imposible.

Los esbirros no dejaban a nadie confiarse

Los rollitos de primavera (esos troncos deslizantes) también podían provocar caídas que acabaran en carcajada de quien las ve. Otra inolvidable es un Chino voló sobre el nido del cuco; disfrazados de pájaros tiene que lanzarse mediante una tirolina y agarrar un conejo con las piernas para caer en el nido.

Son muchas las que generan diversión como el camino de baldosas amarillas en el que han de evitar que Paco Peluca o Juanito Calvicie les atrapen o el circuito de Hiro Hito al más puro estilo de videojuego. Las pruebas son más y a cada cual más divertida. El espíritu de humor amarillo está en todas ellas; el del chino cudeiro también.  

Fotos: Facebook, Twitter

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