No debimos reír con el Yoyas

Hemos disculpado durante tantos años la promoción de toxicidad, violencia y analfabetismo que se da en ciertos programas televisivos que ni nos quedan fuerzas para el cargo de conciencia. Pero quizá sea mi educación en colegio de curas lo que me ha hecho pensar en los días en que le reíamos las gracias a Carlos Navarro, alias El Yoyas, animal televisivo surgido en el Gran Hermano primordial y alimentado con ingentes cantidades de basura en Crónicas marcianas y otros espacios similares.

Aquellos maravillosos 90.

La Audiencia Provincial de Las Palmas ha confirmado la condena a seis años de cárcel a Carlos Navarro, más conocido como El Yoyas, por haber sometido durante años a su pareja a violencia y vejaciones de todo tipo.

El relato de los hechos provoca una profundísimas repugnancia y su reproducción resulta pornográfica así que prefiero omitir los detalles.

Y me acuerdo de cuando Carlos Navarro fue expulsado de Gran Hermano por comportarse violentamente con Fayna, concursante con quien se casó y tuvo hijos y a quien luego matrató de modo cotidiano, según la sentencia sentenciadora.

- Tampoco es para tanto, se han pasado con lo de echarlo.

Es lo que se comentaba tras la expulsión del mozalbete suburbial cuyo ingenio dialéctico, brutalísimo, seducía a la audiencia.

A Carlos Navarro le sacaban en Crónicas marcianas como un mihura y le ponían a embestir, por ejemplo, a Coto Matamoros, que en gloria esté, otro monstruo televisivo de antaño que dejó el hueco a su hermano Kiko y aquí seguimos.

Durante una temporada, cuando ya casi le habíamos olvidado, fue rescatado por Jordi Évole en un Salvados pleistocénico que no era lo que luego fue.

Nadie es inocente.

Tampoco yo, que reí con las brutalidades que decía El Yoyas en los platós, maltratador que una vez puso en su sitio a Salvador Sostres, que aseguraba no entender porque en unas elecciones se tomaba igual de seriamente su voto que el de una limpiadora. Se lo explicó Carlos Navarro:

- La diferencia es que si tú mañana no escribes tu artículo, nadie lo va a lamentar o, como mucho, tendremos algo menos de papel con el que limpiarnos el culo, pero si la señora de la limpieza no hace su trabajo, sí que estamos jodidos.

Esa conciencia de clase difusa me seducía por parte de un tipo surgido de Gran Hermano pero luego las cosas se fueron torciendo y el menda se hizo de Ciudadanos primero y luego transitó por una constelación de grupúsculos ultras bajo el auspicio del tal Anglada que inventó el fascismo en Cataluña antes de Vox.

Y, mientras tanto, sometía a una mujer a un trato degradante que ha dado, al fin, con sus huesos en la cárcel.

Pienso en todo esto a la vez que la perturbadora imagen de Rocío Monasterio haciendo apología de la violencia en un debate se impone como icono de una campaña electoral que ha alcanzado su punto de putrefacción.

Al final, la violencia que consentimos (qué gracia nos hacía) en los platós de la madrugada y luego por la mañana y en la sobremesa ha impuesto su lógica.

Carlos Navarro, El Yoyas, mira la tele y reconoce su calidad de pionero. Él hizo todo eso antes. Insultar, amenazar con la agresión física, levantarse de la mesa para achantar al contrario. Ahora en las tertulias políticas y hasta en los debates con candidatos electorales esos códigos se aceptan. 

Notarán que me hallo bastante melancólico.

Pero, a veces, la tristeza resulta conveniente para purgar nuestros pecados e intentar mejorar el mundo que vivimos.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.

Amén.

DANIEL SERRANO

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