Siente a un idiota en su plató

Quienes suelen recurrir al argumento de que "hay escuchar todas las voces" no tienen la menor idea de lo que significa el periodismo. Porque esta profesión no se inventó para dar voz a la infamia o a  la desinformación basada en supersticiones. Lo siento, Iker Jiménez, por mucho que te galardonen, nada justifica sentar en el plató a un conferenciante de Hogar Social Madrid para hablar de la muy nazi teoría del Gran Reemplazo ni atender a las estupideces de The Wolverine of Wall Street como si ese chaval que vocifera a un micrófono desde su habitación poseyera alguna noción real de economía.

La televisión popular, en su vertiente berlusconiana, hizo saltar por los aires las jerarquías establecidas por las élites, expulsó a los intelectuales de los platós e impuso la presencia de presunta gente normal aunque la normalidad que seleccionan los espacios televisivos resulta bastante discutible. También hay personas humanas en los barrios que se interesan por la literatura y no están todo el santo día mazándose en el gym. Pero en la tele ponen a los mazados y a mujeres preferentemente estereotipadas e hipersexualizadas porque así te ríes más, véase La isla de las tentaciones, esa Parada de los Monstruos que encandila a la audiencia. O, mejor dicho, a la audiencia que queda en la generalista y no ha huido a ver series a Netflix.

Siente a un idiota en su plató parece ser la consigna y un terraplanista o alguien que cree en los delirios de QAnon (complot mundial pederasta participado por Obama, el Papa y el dueño de una pizzeria de Washington D.C.) pueden, cualquier día, explicarse desde la televisión.

O un youtuber que se va Andorra y, con todo desparpajo, defiende la legitimidad de la evasión de impuestos.

Malos tiempos para la lírica en televisión y encima resulta que Inda o Negre sí pueden acudir a los debates pero José Manuel Martín Medem, periodista con muchos trienios de corresponsalía en TVE, tiene que pedir perdón por salir en Las cosas claras de Jesús Cintora,

Mencionaba Aloma Rodríguez en Radio3 el otro día una cita extraída de un volumen de artículos de Zadie Smith. Algo así como "a la gente hay que darle lo que no sabe que le gusta". Eso es. Muchas espectadoras y espectadores normales y corrientes, sin gran cultura, descubrieron en los años 70 la inmensidad del talento de Ingmar Bergman gracias que a que en la televisión pública española ponían El manantial de la doncella o El séptimo sello. El caballero y la muerte jugando al ajedrez. En el bar, al día siguiente, se comentaba la película. Sí. Ingmar Bergman era cine popular aunque ahora nos parezca alucinante. Igual que Fellini. No se trataba a las masas como si fueran estúpidas. Esa tendencia fue agudizándose con el tiempo y ya en YouTube hemos llegado al extremo de que las principales estrellas (Auronplay, Vegetta777...) cumplan años y sigan hablando como si fueran niños de primaria con subidón de azúcar.

Ya estoy escuchando la réplica usual: ¡es usted un viejo! ¡No entiende nada! El argumento está tan gastado que no merece la pena ni contestarlo.

El caso es que en los platós se sienta a un idiota a la mesa, se le deja decir idioteces y hay quienes opinan que eso merece la pena. Lo que pasa es que esas demenciales imbecilidades, esas teorías conspirativas absurdas, provocan a veces patologías sociales como la que vimos en el Capitolio. 

Pero nada.

Lo importante es divertirse. Hasta con pandemia. 

DANIEL SERRANO

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Puede incluso llegar a molestar que se critique el nivel de los tertulianos de determinados programas de Telecinco, por el mero hecho de que alcen la voz o no guarden las formas. Y sí, es motivo de crítica pero, al menos, siempre saben de lo que están hablando, aunque los temas sean tan escabrosos como el asunto Rocíito. 

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