Supongamos que Nueva York es una ciudad: serie documental de culto instantáneo

Se habla de esta serie documental a la que denominamos de tal modo aunque no sea exactamente un documental ni mucho menos una serie sino otra cosa, quizás no ficción basada en el diálogo (o monólogo) de una neoyorquina septuagenaria, brillante, gruñona e inteligentísima como es Fran Lebowitz. Se titula Supongamos que Nueva York es una ciudad, la emite Netflix y produce Martin Scorsese, que también aparece dialogando con Fran Lebowitz o, mejor dicho, escuchándola gozosamente, sin ocultar su fascinación por esta escritora a la que se permite expresar su amor por una urbe icónica mediante un ejercicio caústico de demolición.

Supongamos que Nueva York es una ciudad consiste básicamente en un montaje a base de declaraciones mordaces de Fran Lebowitz, algunas imágenes de archivo, la propia Lebowitz paseando por su amada (y detestada) ciudad, momentos de actos públicos donde esta disertadora hipnótica enardece a las masas.

Con todo ello se construyen una serie de piezas magníficas.

A veces basta con colocar la cámara ante una persona si esta persona resulta suficientemente fascinante.

Y Fran Leibowitz (expulsada del instituto, bohemia del Nueva York de los 70, conductora de taxis, una Dorothy Parker contemporánea) produce inmediata fascinación.

Supongamos que Nueva York es una ciudad se ha convertido en instantánea serie de culto y ya se habla en el articulismo y en Twitter sobre este delicioso entretenimiento y hasta el camarada Daniel Bernabé ha opinado al respecto.

Señala Bernabé acertadamente que Lebowitz y Scorsese parecen añorar (paradójicamente) la Nueva York violenta, peligrosa, sucia y pútrida de los 70. Pero, claro, es que esa NYC de los 70 fue también un escenario salvaje de toda una explosión creativa, el instante en el que convergieron talentos musicales, cinematográficos y literarios, la posibilidad de escapar a la capital del mundo cuando la capital del mundo todavía contaba con alquileres asequibles (o no tanto). Había ratas por las calles y te robaban en el metro pero, tal y como relata Lebowitz, al menos no tenías que padecer a la horda de turistas que preguntan cómo llegar a Times Square hasta la extenuación.

Quizá nos gusta tanto Supongamos que Nueva York es una ciudad porque se opone a cierto discurso televisivo que coloca al público en un deleznable grado de idiotez, suponiéndole incapaz de entender la más mínima ironía. Hay que admitir que tanto Netflix como las demás plataformas de streaming contienen inmensas cantidades de inanidad pero, a la vez, nos permiten descubrir material tan valioso como este. También está el mundo de la generalista, con las homilías de Vicente Valles, la depilación de Jorge Javier, Cristina Pedroche, los concursos de diseño infantil para consumo adulto, los realities de brutalidad apenas simulada y @Nanisimo explicando a Ferreras los Estados Unidos de América. Pero ese es otro planeta. Dentro de Supongamos que Nueva York es una ciudad se siente la calidez de lo intelectual. Sin exagerar. En realidad, es este un producto de los que antes eran para todos los públicos. Y quizá lo siga siendo a día de hoy, aunque nos empeñemos en que la gente es boba.

No hay subestimar al prójimo. De pronto, el público se sienta frente al televisor y ve Roma de Alfonso Cuarón y habrá quien se aburra pero una porción de espectadoras y espectadores logran captar la emoción de una película singular y bellísima.

Supongamos que Nueva York es una ciudad nos gusta y ya les contaremos también el regreso de Sexo en Nueva York, que sería el reverso tenebroso de todo lo que Fran Lebowitz (libre, septuagenaria, fumadora, irreductible) representa.

DANIEL SERRANO

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