'Ya no estoy aquí': una película hermosa y triste para ganar el Oscar

Está preseleccionada para el Oscar a la Mejor Película Internacional en una lista bastante larga donde también se incluye, por ejemplo, la úlima de Thomas Vinterberg (el de de Celebración y el pretérito cine dogma). Apostamos por Ya no estoy aquí porque es pura belleza melancólica y desoladora y, sin embargo, tan luminosa cuando suena la cumbia y su protagonista comienza a bailar. En el baile todo se diluye y puede hallarse una porción de felicidad.

Tienes esta peli en el catálogo de Netflix.

Ya no estoy aquí habla del tiempo en que en Monterrey se puso de moda entre los muy jóvenes la cumbia y se hicieron bandas de estilo Kolomobia (así se autodenominaban quienes se adscribían a este culto musical y estético). Un mal paso del destino hace que el protagonista tenga que huir a Nueva York. Es un adolescente y su vida en la ciudad de los rascacielos no tiene nada que ver con las delicias de Manhattan que imagina el turista.

El director Fernando Frías de la Parra introduce muchos de los elementos de las fábulas hollywoodienses para pervertirlos y colocarlos a pie de realidad. Por ejemplo, el protagonista, mexicano en la pubertad que habita las calles de Nueva York sin saber una palabra de inglés, se hace amigo de una americanojaponesa que quiere protegerlo de su desvalimiento. Pero el cuento de hadas no conduce al territorio de la comedia romántica precisamente. 

En Ya no estoy aquí ni se incurre en la edulcoración ni en la pornografía de la violencia o lo miserable. Las catástrofes que acontecen al protagonistas son normales, muy tristes porque poseen la esencia de una realidad brutal, la del México de la pobreza y el narco y la falta de futuro.

Hay que ver 'Ya no estoy aquí' y disfrutarla aunque duela.

A veces lo bello tiene que doler.

Y queda la música (como cantaba Aute) y esa cumbia bailada por niñas y niños de barrios humildes, redescubierta como un nueva identidad a la que acogerse en medio de la tormenta.

DANIEL SERRANO

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Ha sido una edición rara la de los Oscar 2021 y la retransmisión de la gala se saldó con un rotundo fracaso de audiencia. La gran industria quedó en hibernación (salvo excepciones) y la temporada cinematográfica ha sido una oportunidad para el streaming, el cine independiente y las apuestas arriesgadas. No ha habido una mala cosecha (para la que está cayendo). La crepuscular Nomadland, la empoderada Una joven prometedora, el hedonismo salvaje de Otra ronda, la militancia inteligente de Judas y el Mesias Negro.

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Ha sido una gala lentísima, con discursos eternos y un ritmo cansino como hacía tiempo no se daba. Lo de hacer una gala que pareciera una película, se ha conseguido, si la película era Roma, de Alfonso Cuarón. 

A pesar de todo, la 93ª gala de los Oscar ha dejado varios momentazos, una alfombra roja reducida pero tremenda y, sobre todo, un protagonista inesperado con una historia igual de inesperada y dura: la dedicatoria del Oscar de Thomas Vinterberg a su hija fallecida. 

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Y cuando todo apuntaba a que el Oscar póstumo a Chadwick Boseman cerraría la gala más aburrida de los últimos años, saltó la sorpresa. Anthony Hopkins, cuya actuación en El Padre es la mejor del año, se lleva de forma justa su segundo Oscar (tras el que se llevó por Hannibal Lecter en El Silencio de los Corderos en 1991). 

Así, el actor británico se convierte en el más veterano en ganar un Oscar, con 83 años. La faena es que ha sido de los pocos que no ha acudido a la gala para recogerlo. 

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