Cuando los carteles de los cines de la Gran Vía madrileña se pintaban a mano

Resultaba un espectáculo único (sólo en Delhi o Bombay se adornaban de igual manera las salas de cine) y dibujó el paisaje de la Gran Vía madrileña durante decenios. En la grisura del franquismo los carteles pintados a mano que anunciaban las películas de los cines de la Gran Vía coloreaban un mundo en blanco y negro. 

Su estilo solía oscilar entre el kitch y la fidelidad a la cartelería original recibida por parte de las distribuidoras. Y dependiendo de la destreza del pintor existía similitud o no entre las actrices y actores protagonistas de la cinta que tocaba promocionar en dimensiones gigantescas. 

Junto al desaparecido cabaret Pasapoga estaban las dos salas que carteles de mayor tamaño exhibían: Avenida y Palacio de la Música. El cine Avenida es hoy un H&M y el Palacio de la Música fue adquirido por Cajamadrid, luego se especuló con la posibilidad de que Mango lo rehabilitase y actualmente sigue ignominiosamente cerrado en una de las arterias más importantes de la ciudad.

Los carteles de la Gran Vía eran el termómetro de los éxitos cinematográficos. Si amarilleaban (como el de El último cuplé en el cine Rialto -con Sarita Montiel-) es que la película del cartel había funcionado en taquilla y aquella artesanal creación promocional llevaba semanas a la intemperie. 

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Todavía a principios del siglo XXI algún cine de la Gran Vía (y de otras calles como Fuencarral o Luchana) conservaba la costumbre de colocar carteles pintados a mano en sus fachadas. En un taller del barrio de Villaverde, todavía en 2010, se pintaban los carteles del cine Callao. Pero esta sala (como casi todas) sucumbió a la tentación de las pantallas y, desde entonces, Gran Vía resulta un extraño híbrido de Times Square, Broadway y una distopía de J. G. Ballard donde las franquicias hubieran dominado el mundo. 

Menos mal que queda el Museo del Jamón y alguna marisquería de las de antaño.

Adiós a los carteles y bienvenida al Rey León

Así la Gran Vía a la que cantaba Antonio Flores desapareció y, a la vez, sobrevivió conservando su esencia. No lloremos. Se fueron los carteles de cine y llegaron los musicales que supusieron (no lo olvidemos) la resurreccion de una avenida cuyas salas de entretenimiento penaban al borde de la catástrofe.

Y además (algo es algo) se protegió la fachada del cine Capitol, que ahí sigue, con su fascinante neón.

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Tal vez haya quiene eche de menos los carteles de los cines de Gran Vía que pintaban a mano en sus talleres del extrarradio artesanos que hace mucho se jubilaron. Eran bonitos y eran feos. Las dos cosas. A veces resultaban irreconocibles esos astros de Hollywood pintados en Madrid en una aproximación imposible. Los madrileños se cachondeaban de algunos carteles que bordeaban la chapuza. Igual que admiraron otros por su pericia y belleza. Pero todo eso pasó. Y la Gran Vía continúa viva y transformándose.

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