Regreso a los Cuentos de las Cuatro Estaciones de Rohmer

Escribo este artículo para nadie porque ¿quién demonios se acuerda de Éric Rohmer? Murió en 2010 y su cine (tan francés) es una celebración de la sentimentalidad y las horas dulcemente perdidas en interminables paseos sin propósito. Las películas de Rohmer siempre (o casi siempre) se desarrollan durante las vacaciones. Él decía que ahí, en ese tiempo libre ajeno a la tiranía laboral, es donde se halla la verdadera vida. En el catálogo de Amazon Prime encontré por sorpresa sus Cuentos de las Cuatro Estaciones y he devorado la tetralogía y viajado a aquellos maravillosos 90 en los que no existian Trump ni Díaz Ayuso.

Lo curioso es que cuando yo iba a ver Cuento de primavera, Cuento de invierno, Cuento de verano y Cuento de otoño a los entonces llamados cines Alphaville de la madrileña calle Martín de los Heros dichas películas no me gustaban nada.

Había que verlas porque Rohmer era un maestro, el autor de Pauline en la playa y El rayo verde, y la crítica las ponía fenomenal.

Pero no me gustaban.

Y ahora, sin embargo, me han emocionado profundamente. Supongo que el paso de los años provoca efectos así. Como eso que cuenta no sé si Maruja Torres o Rosa Montero (un día tengo que buscarlo) sobre que cuando eran jóvenes y presenciaron el monólogo del replicante en Blader Runner se rieron en la sala de cine y les pareció una cursilada y al ir cumpliendo años comprendieron lo de las lágrimas en la lluvia y lloraron recordando a quienes ya no están.

Oh, melancolía.

Los Cuentos de las Cuatro Estaciones son historias sentimentales protagonizadas por personas de diferentes edades. Cuando yo iba a ver a Rohmer (y no me gustaba) era la época en que sí me gustaba, por ejemplo, Oliver Stone con Asesinos natos. O sea, efectismo, lisergia y violencia a raudales. Rohmer, sin embargo, capta el clima cadencioso de la vida real en vacaciones, el sonido de la playa llena de gente, a lo lejos, a través de la ventana, la sombra acogedora de los árboles, la luz interior que no necesita de artificio ni de tenebrismo, una luz como de las cosas que pasan de verdad.

Difícil explicar a Rohmer en esta época de true crime, streaming, la Marvel y ese cine de Hollywood que está en las plataformas protagonizado por Eddie Murphy o Adam Sandler. Aunque ahora que lo pienso, Malcolm & Marie tiene un punto rohmeriano. 

Refugiarse en el delicado cine de Rohmer para afrontar los tormentosos días que padecemos. El paso de las estaciones, inmutables incluso con cambio climático, o sea, la naturaleza haciendo su trabajo laborioso y aplastando al ser humano mediante un virus, y mientras alguien busca en el catálogo de Amazon y encuentra estas piezas delicadas de gran cine, como un regalo inesperado.

Escribo este artículo para nadie porque ¿quién demonios se acuerda de Éric Rohmer? Sin embargo, merece la pena reivindicar la belleza de los Cuentos de las Cuatro Estaciones y contribuir a que no sólo se viertan toneladas de opinión, bromas y memes sobre La isla de las tentaciones. Otro mundo fue posible.

DANIEL SERRANO

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